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Por Esteban Jimenez/ Ingeniero de Procesos

No encajar del todo también es una forma de avanzar. Este texto es una invitación a mezclar, explorar y dejar de buscar una sola etiqueta profesional.

Cada vez que me preguntan a qué me dedico, hago una pausa. No porque no tenga una respuesta, sino porque ninguna alcanza a explicar del todo el camino. Soy ingeniero por formación, sí, pero en el trayecto me ha tocado ser financiero, consultor, emprendedor e inversionista. He pasado por industrias tan distintas como la agrícola, la comercial, la tecnológica, la financiera y hoy, la creativa. No como una colección de títulos, sino como partes de una misma búsqueda: entender cómo funcionan las cosas y cómo pueden hacerse mejor.

Por eso hay una frase de Facundo Cabral que me acompaña desde hace tiempo: “No soy de aquí, ni soy de allá”. No la leo como una falta de identidad, sino como una forma de habitarla. No pertenecer del todo a un solo lugar, a una sola industria o a una sola etiqueta me ha llevado a mezclar experiencias, contextos y formas de pensar. Y en esa mezcla —a veces incómoda, a veces contradictoria— es donde he encontrado más claridad que en cualquier definición cerrada.

Con el tiempo entendí que no pertenecer del todo a una sola industria también te obliga a observar mejor, a no dar nada por sentado y a descubrir que, más allá de los nombres y los discursos, muchos problemas se parecen más de lo que creemos. Cambian los productos, cambian los mercados, pero en el fondo casi todo se reduce a entender bien una necesidad y transformarla en algo que tenga sentido y aporte valor. Algunos le llaman brief. Yo siempre lo he llamado diagnóstico.

Por eso, cuando conocí a los equipos creativos, algo hizo clic de inmediato. No fue una línea de negocio en particular ni un rol específico; fue la forma de pensar. Ideas atrevidas que no se quedan en el tintero, sino que se convierten en experiencias reales; una inquietud constante por crecer, sumar nuevas capacidades e ir más allá de lo obvio; y, sobre todo, un esfuerzo genuino por entender a los clientes a fondo, no solo para darles lo que piden, sino lo que realmente necesitan. Todo acompañado de una pasión por hacer bien las cosas y de una incomodidad permanente con el “así se ha hecho siempre”.

No ser “de aquí” ni ser “de allá” me ha permitido mover aprendizajes de una industria a otra, conectar ideas que en apariencia no tenían relación y confirmar algo que sigo viendo una y otra vez: si entiendes bien las entradas y sabes cómo funcionan los procesos, puedes anticipar los resultados. Lo industrial no desaparece; se integra. Y cuando distintas miradas se combinan con orden, el impacto se multiplica.

Eso es lo que veo reflejado en la industria creativa: distintas disciplinas, distintas sensibilidades y distintas formas de crear, mezcladas para generar algo más grande que la suma de sus partes. No por acumulación, sino por dirección.

Poco a poco entendí que esa incomodidad al responder a lo que me dedico no era un problema que tuviera que resolver, sino una señal de que estaba haciendo algo bien.

Y entonces la pregunta vuelve a aparecer: ¿a qué me dedico?

Hoy la respuesta es más simple de lo que parece: no importa.

Lo que importa es seguir mezclando, seguir explorando. Permitirse, de vez en cuando, no ser de aquí ni ser de allá. Estudiar algo que no encaja en el currículum. Probar una disciplina nueva. Mirar un problema desde un lugar incómodo. Atreverse, aún sin certezas.

Como diría Cabral: “Me gusta andar, pero no sigo el camino. Pues lo seguro ya no tiene misterio”.

Cuando cada uno se anima a crear su propio mix, el max deja de ser una meta lejana y se convierte en una consecuencia natural. No porque el camino sea claro, sino porque al fin es propio.